La riada del siglo XXI. El barro infinito

Pasan los días y seguimos limpiando. Las primeras horas mañanas las pasamos adecentando el bajo y a mediodía nos vamos a casa de mis padres a ayudarles a limpiar el garaje. Me sorprende mucho la cantidad de gente voluntaria de todos los lugares de España que viene a ayudarnos. Es brutal. Vienen sin un plan establecido, ofreciendo ayuda por cada casa y echando una mano donde se les necesita. Hoy, casi 1 mes y medio después, se me sigue poniendo la piel de gallina al recordarlo. Me sorprende también que no veo a nadie de las Fuerzas del Estado. Solo bomberos achicando agua, pero ningún policía, ni militares, ni unidades de emergencia. Prácticamente la primera semana son solo los voluntarios los que nos ayudan a sacar adelante la situación. Mientras tanto, los políticos siguen echándose las culpas unos a los otros, pero ninguno es capaz de tomar el mando y enviar la ayuda necesaria.




Afortunadamente mi hermano en Guadassuar no le ha llegado entrar el agua y viene a partir del segundo día a ayudar en las labores de limpieza. Me impresiona también ver el ánimo y las ganas de ayudar de los niños. Leo y Carla ayudan en las labores de limpieza como si fueran adultos, sobretodo los primeros días. A partir del cuarto o quinto día, el agotamiento ya empieza a causar efecto. Los días pasan y me doy cuenta de que mis padres están cada día más cansados y eso me parte el corazón. No puedo evitar ponerme a llorar de vez en cuando.



Veo a gente conocida que viene a ayudar y me emociono al darme cuenta de lo grande que somos como especie. Cuando las cosas vienen mal, la gente saca lo mejor de ellos mismos. En esos días se viraliza el lema de 'El pueblo salva al pueblo' incidiendo en la riada de voluntarios dispuestos a ayudar desde el primer día y que han sido los únicos a la altura de las circunstancias. Los 'sabios' critican el lema, tanto en prensa escrita como en platós de televisión, pero ninguno de ellos estuvo aquí. Solo nosotros sabemos lo importante que fueron esas personas para darnos esperanza. 

La empresa se vuelca conmigo y con mis compañeros afectados (Jorge y Juanjo). Las llamadas para ver como estamos son continuas y nos prestan toda la ayuda necesaria, desde material de limpieza y bienes de primera necesidad, hasta vehículo y ayuda económica. Me siento afortunado y muy arropado en todo momento. Más que como empresa, gestos como este hacen que la sienta como familia. 

Poco a poco, la cosa va mejorando en los días siguientes. Aunque costará quitar todo el barro, prácticamente lo tenemos todo limpio. Milagrosamente, la nevera ha vuelto a funcionar y dentro de lo cabe, nos podemos sentir afortunados. Las calles son una acumulación de barro, trastos y enseres. Pasan los días y, aunque lentamente, van llegando máquinas que empiezan a retirarlo todo. 




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