La riada del siglo XXI. El día después (30/10/24)
Es miércoles 30 de octubre. Son las 7.00. Me levanto y voy corriendo a la ventana. Está aun amaneciendo, pero ya se empieza a vislumbrar en la calle un panorama desolador. La riada por fin ha bajado (empezó a bajar a las 5.30) y ya se empieza a ver la magnitud del desastre. En la calle se ven coches empotrados, puertas de garajes reventadas y las primeras personas que empiezan a bajar a revisar los daños. No tengo botas de agua, así que bajo con bermudas y las zapatillas. Bajo por las escaleras y llego al rellano de la entrada, que sigue siendo una piscina de agua hasta más allá de los tobillos. Salgo fuera y solo veo barro y destrucción. Veo en las paredes la marca del agua y veo que ha llegado a alrededor de 1,50. La devastación es enorme. En la calle Cervantes, un poco delante del bajo, hay coches amontonados uno encima del otro, casi dentro de las casas o de los garajes en algunos casos.
Llego al bajo y me tranquiliza ver que hay un coche que se ha quedado a un dedo de la puerta, pero no llega a tocarla. Tengo confianza que siga funcionando. Entro y veo que, pese a que está más alto que la acera, el nivel ha llegado al menos a un metro. Hay barro por todos los lados, la nevera está flotando y en los coches se atisba que el agua ha alcanzado los asientos. Realmente no sé por dónde empezar. No hay cobertura, ni luz ni agua. Doy vueltas, salgo a la calle y veo cada vez más gente. Hay gente llorando y sinceramente me abruma pensar en la magnitud de lo que estoy viendo. Me parece estar viendo una peli o un telediario en el que esta vez somos los protagonistas. Patri y los niños se han quedado arriba. Salgo y les veo en el balcón. Les digo que no bajen, que está lleno de barro... pero realmente vamos a estar llenos de barro en los siguientes 30 días... Finalmente consigo subir la puerta manualmente y empezamos las labores de limpieza entre los cuatro. Sacamos todo el barro posible, aunque nos damos cuenta que hay mucho trabajo por hacer.
No hay cobertura, por lo que no sé cómo están mis padres. A mitad mañana, vamos a verlos, avanzando por la calle como podemos. Nos damos cuenta que Algemesí está totalmente devastada y cada calle está peor que la anterior. De camino, me encuentro con alguien que me informa de un vecino que ha muerto. Llegamos a casa de mis padres y no puedo evitar ponerme a llorar. En su caso, los coches les rodean y se hace difícil incluso entrar por la puerta. La realidad supera a la ficción y se hace difícil expresar con palabras lo que se siente. Parece zona de guerra. Al volver, vemos que hay una larga cola en el único establecimiento que está abierto, el estanco. Al lado, la puerta del Consum está destruida por una parte y está saliendo gente con las manos llenas aprovechando la situación. Da miedo pensar lo que puede pasar cuando llegue la noche. Damos una vuelta por donde podemos y vemos imágenes que cuestan de asimilar. Hay calles bastante peor que la nuestra. Mención aparte es la calle Montaña, donde por lo visto entró el agua directamente por el túnel de la estación. Ahí el agua llegó a los 2 metros y las imágenes son brutales.
Ese primer día, en nuestra calle, un vecino con su remolque se encarga de retirar muchos de los coches amontonados para facilitar el paso. Tenemos luz en el piso, lo que al menos nos permite comunicarnos y ver lo que está ocurriendo en otros lugares. La situación en Algemesí es catastrófica, pero hay zonas incluso peores. En Paiporta las imágenes son dantescas. Ahí no llovió en todo el día, pero el desbordamiento del barranco del Poio originó una ola que arrasó todo lo que se encontró, llegando también a todas las poblaciones del Horta Sud. Se empiezan a confirmar los números estimados de muertos y la sensación de rabia e impotencia es muy grande. ¿Cómo es posible que en pleno siglo XXI, en la era de la comunicación, de la inmediatez y de las redes sociales haya ocurrido esto? La fuerza de la naturaleza es incontrolable, pero aun hoy sigo sin entender cómo no se avisó a la población con más antelación del desastre que venía.





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